Fue un martes cuando decidí que prefería perder mi empleo antes que dejarla sola.
Estaba sentada en mi escritorio, rodeada del zumbido del aire acondicionado de la oficina.
En la pantalla de mi móvil, la cámara de seguridad de mi salón mostraba a mi gata, Mía.
A través de la pequeña pantalla, la vi tumbada en el suelo, estirada sobre las baldosas.
Hice zoom.
Su pecho subía y bajaba a un ritmo frenético.
Tenía la boca abierta. Estaba jadeando.
Sentí un nudo frío y pesado en el estómago.
Sabía que la temperatura en mi casa iba a seguir subiendo durante las próximas tres horas.
Me levanté, le dije a mi jefe que tenía una emergencia familiar y salí corriendo.
Esa tarde, convertí mi salón en un campamento de supervivencia. Compré dos ventiladores y congelé botellas de agua. Incluso gasté casi 60 euros en una de esas alfombrillas refrigerantes.