Por supuesto, antes de irme intenté dejar mi salón preparado como si fuera un búnker de supervivencia.
Dejé las persianas bajadas a cal y canto.
Un gran ventilador oscilante encendido. Cubitos de hielo en su bebedero. Incluso empapé un par de toallas y se las froté por el lomo antes de coger el bolso, esperando que le dieran algo de tregua.
Pero mientras miraba el reloj de mi ordenador a las cuatro de la tarde, la realidad me aplastaba.
El hielo hace horas que es agua caliente. Las toallas se han secado. Y el ventilador... el ventilador solo está moviendo aire hirviendo de una pared a otra.
El martes pasado llegué a mi límite absoluto.
Salí de la oficina a las seis de la tarde, corriendo hacia el metro, sintiendo que me faltaba el aire.
Cuando metí la llave y abrí la puerta, una ola de aire caliente y estancado me golpeó la cara con violencia.
No había circulación de aire.
Leo no vino a recibirme a la entrada como hace siempre.
Lo busqué desesperada.
Lo encontré tumbado en el suelo del baño, pegado a las baldosas.
Estaba jadeando.
Tenía la boca abierta, la respiración pesada, y ni siquiera hizo el amago de levantar la cabeza.
Me tiré al suelo de madera a su lado y me eché a llorar de pura impotencia.
Sentí que le estaba fallando. Que era la persona más irresponsable del mundo.